Y, al fin, hízose la luz


Tuvo que transcurrir casi un siglo, con sus días y sobre todo con sus noches, desde la invención de la luz eléctrica para que el hallazgo de Edison se instalara al fin en el pueblo más alto de los Picos de Europa, en Asturias. Fue un 13 de diciembre de 1971 cuando el futuro alcanzó Sotres, en el oriente asturiano, y sus habitantes pudieron gritar al fin un ansiado «hízose la luz». Y la nevera, y la televisión. Y tantas otras cosas.

Si en toda la cordillera Cantábrica cuesta mucho ganar un metro a la montaña -en el siglo VIII lo sufrieron las huestes musulmanas de Alqama, hoy languidece un AVE que no acaba de llegar-, en Picos la orografía puede volverse endiablada. Endiabladamente bella.

Asturias es un paraíso natural por muchos motivos. Uno de ellos, esas cumbres que ascienden ariscas hacia el cielo sin despegarse demasiado del mar. Un espectáculo poco habitual divisar el azul desde dos mil metros de altitud.

En uno de esos valles, superando los 1.000 metros sobre el mar, irrumpe Sotres, un pueblo típicamente asturiano que mantiene la esencia de siempre, y que aún cada año queda aislado del mundo por la nieve. Punto de encuentro de escaladores, excursionistas y amantes de la montaña, allí conviven las familias dedicadas a la elaboración artesana del queso de Cabrales con quienes alojan o dan alimento, y también conversación, a los visitantes. Instalados hoy a la altura de los tiempos, entre su centenar de ciudadanos aún hay quien recuerda la vida anterior a aquella Navidad de 1971.

Sotres es hoy, y ha sido siempre, lugar de paso. Cuenta don Claudio Sánchez Albornoz que por allí tarifaron camino de Cantabria los soldados derrotados por don Pelayo en el primer episodio de nuestra épica, que da paso a un dicho popular que resume el fuerte sentimiento de identidad, nada excluyente, que prima en el Principado: «Asturias es España y lo demás, tierra conquistada».

A los «guajes» que hoy se quejan cuando se despegan de la conexión a internet durante más de media hora habría que llevarles a Sotres: aprenderían a contemplar la naturaleza y a disfrutar del buen comer, y conocerían gentes entrañables. Con suerte, algún paisano les explicaría, degustando un buen queso, cómo era la vida antes, lo que supuso en aquel entonces la ansiada llegada de la electricidad, y el entusiasmo casi juvenil con el que recibieron aquel lejano y frío día de diciembre a la comitiva que les trajo, con cien años de retraso, la modernidad.


Y, al fin, hízose la luz

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