La decandencia del fútbol italiano


No se necesitan muchas horas en Italia para comprobar que allí, el fútbol no es una cuestión de belleza. Clubes, organismos, jugadores, directivos, canteras, aficionados, patrocinadores… todos los nudos que atan al deporte rey tiene un único objetivo: el resultado. No importa cómo. Solo hay que ganar. La victoria está por encima de todo. Y cuando había dinero para comprar y fabricar talento, este se ponía al servicio de la causa y los títulos acababan cayendo. Pero la grave crisis económica que azota a Europa desde finales de la pasada década ha pasado una factura importante al fútbol italiano, que sin dinero y sin plan B, ha visto como poco a poco, temporada tras temporada, su fútbol se ha empobrecido hasta tocar fondo con la no clasificación para un Mundial sesenta años después.

La imagen de De Rossi en el banquillo de San Siro, recriminándole al segundo del entrenador Ventura que él no era un cambio adecuado mientras señalaba a Insigne ya que el equipo tenía que «ganar y no empatar», muestra al mundo el ocaso de un estilo de juego con más pasado que presente.

«Ante Suecia, Italia fue un equipo miedoso. Eso no es suficiente. Jugar en una competición europea no es lo mismo que hacerlo en la Serie A, donde ganas partidos por la mínima. En estos partidos es cuando se ven quienes son los verdaderos futbolistas», lamentaba Andrea Pirlo, uno de los mitos del fútbol del país.

Críticas al modelo
Más contundente fue aún el hermano de Fabio Cannavaro, Paolo, actualmente en el Sassuolo. «Chicos, el Mundial no lo hemos perdido ante Suecia, lo perdimos hace 15 años. Gracias a la ley del trabajo llegaron a Italia paquetes de cada parte del mundo a quitarle injustamente el puesto a nuestros chicos. Espero que ahora que hemos tocado fondo se refunde nuestro fútbol. Que se vayan fuera las momias que gestionan el fútbol italiano y no le dan espacio a los jóvenes en el campo».

El día de ayer fue duro en Italia. No por esperado sentó mejor el estrepitoso fracaso. En Sudáfrica 2010 y en Brasil 2014, «la Azzurra» ni siquiera pasó de la fase de grupos. Pero cuando tu país lleva cuatro estrellas en el pecho de la camiseta de la selección nacional, el dolor por no tener la oportunidad de, ni siquiera, pelear por la quinta en Rusia es gigantesco. Buffon lo explicaba mejor que nadie: «Lo siento no ya por mí, sino por la afición. Hemos fallado en algo que es muy importante a nivel social, es la pena que tengo».

¿Y ahora, qué? Una vez secadas las lágrimas, es la pregunta que se hacen los 60 millones de italianos. El futuro tiene un horizonte negro, sin jugadores prometedores en edad juvenil, a excepción del portero Donnarumma. Las categorías inferiores están anquilosadas en ese viejo estilo que tanto éxito dio, pero que se ha quedado obsoleto ante el fútbol moderno del que tanto brama Chiellini: «El ‘guardiolismo’ ha arruinado a toda una generación de defensores. Ahora todos miran hacia arriba, y en los cruces ya no hay defensores italianos, de esos que intimidan al rival. Se está perdiendo nuestra tradición».

Estilo anticuado
Quizás ahí está el error de base que ha hecho a Italia tocar fondo. Su pensamiento de un fútbol arcaico, anclado en un concepto defensivo demodé, no solo ha llevado a su selección a ver el Mundial de Rusia desde el sofá. También ha provocado una crisis en los clubes, sin protagonismo continental desde hace una década, cuando el Milán de Ancelotti ganó la orejona en 2007. El subcampeonato de Italia en la Eurocopa de 2012 y el de la Juventus en la Champions en 2015 y 2017 solo parecen rescoldos de su envidiable gen competitivo, pero ahora ya no queda ni su principal esencia.

Porque la mano de hierro con la que domina el club turinés en Italia y con la que se ha acercado a la gloria en el Viejo Continente poco tiene que ver con el jugador transalpino. Un vistazo al habitual once titular de la Juventus de los últimos años muestra el poco talento que hoy reina en el país de la bota. Buffon, la famosa BBC (Barzagli, Bonucci y Chiellini) y Pirlo como estandartes. Solo el mediocentro aportaba vistosidad. El resto de sus éxitos se han basado basados en futbolistas foráneos. Y si se echa un vistazo a la cantera, el vacío es inmenso.

Algo parecido sucede con el Nápoles, el único equipo de Italia que se acerca a la Juventus. En su once de cabecera solo aparecen dos italianos: Jorginho e Insigne. Y poco se espera de clubes míticos como Inter, Milán o Roma, sin protagonismo alguno desde hace tiempo y sin líderes locales entre sus mejores jugadores. Es la decadencia del fútbol italiano.

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