«Die Soldaten»: A mayor gloria de Dios


«Die Soldaten» se estrenó ayer en el Teatro Real y lo que parecía una apoteosis terminó siendo un buen éxito. Extraña situación ante una propuesta formidable de la que participa un reparto íntegro, una interpretación musical estupendamente armada y una propuesta escénica cuyos valores son considerables. A tenor de los aplausos, «Die Soldaten» emocionó lo justo, incluso puso en bandeja la huida de un buen número de espectadores en el descanso, algo de difícil de justificar en una ciudad que dice transitar por la senda de normalidad operística.

«Die Soldaten» es una referencia absoluta del repertorio del siglo XX. Sin duda, la impresión de lo inabarcable ha servido para convertir la creación de Bernd Alois Zimmermann en un mito, tal es la dificultad de su ejecución, la rotundidad de un argumento que convierte el sentido crítico en metáfora de lo apocalíptico y la firmeza de una música compleja e intelectualmente comprometida. En definitiva, la capacidad polisemántica de una obra inagotable, necesaria y también poderosamente expresiva.

Es difícil sustraerse a ello y la propuesta escénica que ahora trae el Real, de la mano del director Calixto Bieito, debería ayudar a entenderlo. De entrada, lo evidencian tres pantallas que proyectan el retrato infantil de la protagonista y que interrogan a los espectadores poco antes de que el telón se levante mostrando un complejo andamio sobre el que se sitúa la descomunal orquesta. Los actores recorrerán la parte delantera del escenario incluyendo el foso cubierto. Si Zimmermann pensó en la multiplicación de espacios en un entorno capaz de simultanear varias acciones según la llamada «esfericidad del tiempo», en el abstracto escenario de Bieito, inserto en la incómoda arquitectura de un teatro convencional, la acción se concreta en un juego de posiciones puramente geométrico.

De ahí la paradoja, pues tras la impresión de gigantismo inicial, la obra empieza poco a poco a reducirse hasta acabar por convertirse en algo íntimo, con el escenario reducido a unos pocos metros utilizables y, lo que, es más sustantivo, y contrario al pensamiento de Zimmermann, concentrado en la narración de un drama personal, de una historia truculenta y no exenta de pulsión sexual y relaciones incestuosas, antes que en la explicación de una realidad que lleve a lo universal. «Die Soldaten» no tiene la profundidad de acción que tenía la producción de «Wozzeck» hecha por propio Bieito, por citar una opera que queda muy cercana a la de Zimmermann. A pesar de hay muy importante teatro y un oficio más sutil, refinado y eficaz.

La fuerza de «Die Soldaten» tal y como se escuchó ayer en el Real debe mucho el efecto que proporciona una orquesta apabullante. Es evidente la jerarquía y la claridad en la dirección musical de Pablo Heras-Casado y el esfuerzo que hacen el Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. La estupenda concertación, con ayuda del segundo director Marcelo Buscaino, y la capacidad para construir un discurso coherente alcanza momentos intensos, no tanto en la conclusión a pesar de la contundencia del volumen de la orquesta mezclada con la grabación de las pisadas de los soldados y el grito de todos. Podría conseguirse una hondura más evidente, un aliento dramático más elevado en complicidad con un reparto que dibuja los personajes con enorme acierto.

Ya puede ser Susanne Elmark que además de cantar lo imposible, lo hace con calidad y un color muy afín al personaje. Por citar lo evidente, Pavel Daniluk defiende al padre Wesener con una intensidad apabullante mientras Leigh Melrose se crece poco a poco defendiendo al amante Stolzius. Importante contribución de Julia Riley, Hanna Schwarz, Iris Vermillion, Uwe Stickert y, muy particularmente de Noëmi Nadelmann en el desgarrador papel del la condesa de Roche. En su mano está el vértigo final y definitivo de estos soldados.

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