Los dos últimos «hijos» de Lovecraft


Cthulhu nuestro que estás en otras dimensiones o en las profundidades del mar, maldecido sea tu nombre, vénganos a tu morada más allá de las estrellas o en las fosas oceánicas. Y, sí, lo cierto es que desde que Lovecraft (Estados Unidos 1890-1937) inauguró en 1928 su cosmogonía basada en su misantropía y su repulsión hacia todo «lo de afuera», el reino de esta deidad tentacular y gelatinosa no ha dejado de expandirse. Y ha probado ser una cosmogonía tan poderosa e influyente en el idioma inglés como las dinastías que Faulkner imaginó para su igualmente difícil de pronunciar condado de Yoknapatawpha.

Así, Lovecraft tuvo continuadores y acólitos incluso en vida y su influjo póstumo alcanzó a titanes del presente como Stephen King y China Miéville y Peter Straub y Neil Gaiman, quienes han invocado en más de una oportunidad sus marcas y modelos haciendo reverencias o arrodillándose en su inolvidable memoria. Ni siquiera Borges se privó de homenajearlo/parodiarlo en un relato de «El libro de arena».

Grimorio de saberes arcanos
Lo que proponen Caitlín R. Kiernan (Irlanda, 1964) y Victor Lavalle (Nueva York, 1972) en sus respectivas y muy concentradas «nouvelles» -asombra un poco y se admira mucho todo lo que llega a acontecer- no es tan extremo pero sí atendible y original en lo que hace al llamado género del «horror cósmico». «Agentes de Dream-land» (Alianza Runas) lleva todo lo amorfo al terreno muy figurativo de lo conspiranoide y gubernamental en plan «Expediente X», pero como filtrado por la primera temporada de «True Detective». Un rancho que recuerda a aquella granja del clásico «El color que cayó del cielo» (1927) y un afán por desentrañar las piezas sueltas de un plan invasor que ya estaba desplegado en «El que susurra en la oscuridad» (1931) son el punto de partida o de llegada para que arriben a nuestro mundo emisarios desde más allá del no hace mucho degradado Plutón. Y Kiernan cuenta lo suyo de manera no lineal y a través de puntos de vista alternativos.

Tuvo continuadores y acólitos en vida y su influjo póstumo alcanzó a titanes del presente

En la muy premiada «La balada de Tom El Negro» (Alianza Runas), por su parte, se revisita «El horror de Red Hook» (1925, y volviendo a nombrar a varios de sus apellidos) con Lavalle subrayando los rasgos y gestos xenofóbicos del padre de Cthulhu. Aquí, la historia de Charles Thomas «Tommy» Tester: pícaro y músico callejero «de color» cuya órbita es capturada por el magnate ermitaño Robert Suydam obsesionado con despertar a un «Rey Dormido» y abrirle la puerta a los «Grandes Antiguos» y «Dioses Exteriores» con nombres con demasiadas consonantes.

Sobre el final, después de tanto espanto, Tom El Negro comprende que no hay nada peor que cierta variedad de ser humano y concluye que «Prefiero mil veces a Cthulhu que a vosotros, demonios».

Una y otro -Kiernan y Lavalle- consiguen, finalmente, lo que se proponen: honrar reinventando y respetar divirtiéndose. Y, también, de paso, despertar ciertas «cthulhuianas» ganas que uno ya pensaba extinguidas de seguir buscando al esquivo Necronomicón. Mientras tanto y hasta entonces, «Agentes de Dreamland» y «La balada de Tom El Negro» hacen más llevadera la espera. Y, si se lo piensa un poco, mejor conformarnos con lo de ellos y no encontrar aquel venerado y temido grimorio de saberes arcanos firmado por el «árabe loco» Abdul Alhazred; porque ya saben cómo les fue y dónde acabaron todos aquellos que entraron en sus páginas para ya no salir mientras, sí, se hace la voluntad de Cthulhu así en la Tierra como en el cielo y hasta el infinito y más allá.

TE PUEDE INTERESAR


Los dos últimos «hijos» de Lovecraft

log in

reset password

Back to
log in
 

Cierra la ventana o espera segundos...