Carlos de Inglaterra y Diana de Gales, el divorcio que puso de moda los contratos prenupciales


En 1992, mientras España disfrutaba de sus Juegos Olímpicos en Barcelona y su Expo de Sevilla, Carlos de Inglaterra vivía «una especie de tragedia griega». Así explicaba el hijo de Isabel II a Nancy Reagan, ex primera dama de los Estados Unidos, su matrimonio con Diana de Gales.

Histórica fue la boda e histórico fue el matrimonio de tres del heredero al trono británico y la «princesa del pueblo». El «affaire» del príncipe con Camilla Parker-Bowles, hoy su mujer, fue un auténtico bombazo en Reino Unido que derivó en un mediático divorcio. Cuatro años tardaron Diana de Gales y el palacio de Buckingham en llegar a un acuerdo. El 12 de julio de 1996, la oficina de prensa de la Reina de Inglaterra anunció la disolución «amistosa» del matrimonio. Un acuerdo obligado a encajar a la madre de los herederos en la Familia Real.

Según el texto oficial distribuido por el palacio de Buckingham, Diana de Gales perdería el tratamiento de Alteza Real pero «será contemplada como un miembro de la Familia Real por lo que, de vez en cuando, y como en el caso de otros miembros, recibirá invitaciones de la propia soberana o del Gobierno. En estas ocasiones, la princesa recibirá el tratamiento del que ha disfrutado hasta el presente». Esa fue la fórmula encontrada por los abogado para mantener dentro de la realeza a Lady Di y evitarse así futuros problemas de protocolo.

Portada de ABC con la boda de Carlos de Inglaterra y Diana de GalesDiana de Gales perdió también su despacho en el palacio de St. James, instalando su oficina en su nuevo hogar, el palacio de Kensington, pero consiguió algo más importante: la custodia compartida de Guillermo y Harry de Inglaterra, quienes vivirían con ella. Además, la princesa tendría derecho a utilizar el Real Escuadrón en sus vuelos oficiales, así como todas las insignias, órdenes y demás títulos. Por supuesto, Diana de Gales se llevó también sus joyas, que tras su muerte heredaron sus hijos y que ahora están a disposición de sus nueras, Catalina de Cambridge y Meghan Markle.

En cuestión monetaria, una cláusula de confidencialidad impedía a Diana de Gales desvelar los detalles económicos del divorcio. Con el paso de los años, se reveló que la princesa consiguió una indemnización de 17 millones de libras y una pensión anual de 400.000 libras. Según reveló Geoffrey Bignell, el entonces asesor financiero de Carlos de Inglaterra, el príncipe tuvo que pedir ayuda a su madre para afrontar los reclamos financieros de su exmujer. «La princesa Diana se llevó hasta el último céntimo que tenía. Me dijo que lo vendiera todo, todas las inversiones», reveló Bignell.

Firmar antes para no llorar después
El divorcio de Carlos de Inglaterra y Diana de Gales puso el foco en los acuerdos prenupciales. Pocos son los millonarios que se atreven a dar el «sí, quiero» sin antes acordar qué pasará con la fortuna común en caso de divorcio. Hay quien incluso acuerda la pensión en función de los niños o niñas que nazcan del matrimonio.

Y así llegamos al año 2005, cuando Carlos de Inglaterra preparaba su segunda boda con, esta vez sí, el gran amor de su vida, Camilla Parker-Bowles. Como era de esperar tras su experiencia con Diana de Gales, el palacio de Buckingham -es decir, la Reina de Inglaterra- propuso al novio firmar un acuerdo prenupcial con su prometida. ¿La respuesta? No. El príncipe de Gales se negó a discutir los términos del divorcio con la ahora duquesa de Cornualles ya que, tras tantos años de relación, no creía que lo suyo fuera a terminar en divorcio.

Carlos de Inglaterra el día de su boda con la duquesa de Cornualles

EFE
La aversión de su padre a este tipo de documentos la heredaron Guillermo y Harry de Inglaterra, quienes tampoco quisieron firmar nada antes de sus bodas con Catalina de Cambridge y Meghan Markle. Una libertad, la de negarse, que no tienen otros príncipes y herederos europeos.

Pocos quisieron vivir el mismo problema que Margarita de Dinamarca, quien se vio obligada a proporcionarle dos mansiones, el condado de Frederiksborg, joyas -incluía una tiara que fue vendida para disgusto de la reina- y una pensión de más de 30.000 dólares mensuales a Alexandra Manley, primera esposa del príncipe Joaquín y madre de sus dos hijos mayores, Félix y Nicolás.

Tras el escándalo que supuso para los daneses tener que mantener a una mujer que ya no era miembro de la Familia Real, Margarita de Dinamarca obligó a la princesa Mary, esposa de Federico de Dinamarca, y a la princesa Marie, segunda esposa de Joaquín, a firmar estrictos contratos prematrimoniales.

También Máxima de Holanda estampó su firma en un documento de este tipo. Según los periodistas Soledad Ferrari y Álvarez Guerrero, la reina perdería la custodia de sus hijas en caso de divorcio y recibiría una pensión de casi un millón de dólares anuales.

Mejor parado sale el príncipe Daniel, marido de Victoria de Suecia. En caso de divorcio, repartirán todo aquello que hayan comprado para la casa que comparten, ya que se casaron en régimen de separación de bienes. El acuerdo es público, ya que se tramitó directamente en el Parlamento Sueco. En caso de divorcio, Daniel no recibiría pensión, pero compartiría la custodia de sus hijos.

Aunque sin duda, el peor acuerdo prenupcial de la realeza europa lo firmó Sofía Hellqvist. La esposa del príncipe Carlos Felipe de Suecia perdería sus títulos de princesa de Suecia y duquesa de Varmland, recuperando su apellido de casada. A su cargo quedarían todos sus gastos, pues no recibiría pensión mensual, y la custodia de sus dos hijos correspondería al padre. Además, al ser los dos príncipes de Suecia, su educación quedaría a cargo de los Bernadotte, sin que ella tuviera ni voz ni voto.

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