La enésima juventud de Alejandro Valverde


El primer recuerdo del Tour que guarda Alejandro Valverde está en Val Louron, la cima que vio por primera vez de amarillo a Miguel Induráin. Era 1991 y Valverde tenía 11 años. Ahí comenzó su obsesión por la Grande Boucle, una carrera que le ha visto de líder y que, el año pasado, estuvo a punto de dejarle cojo en aquella caída por las calles húmedas de Dusseldorf. La relación Valverde-Tour es como la de esos matrimonios que se quieren entre broncas. Este jueves se cumplieron 13 años de la primera victoria del murciano en la ronda gala. Fue en la cima alpina de Courchevel y por delante de Lance Armstrong. Ayer también, en la salida de Brest, sus rivales de hoy le citaban como el gran favorito para ganar en el Muro de Bretaña. Casi. Acabó tercero tras Daniel Martin y Pierre Latour. Pero ese pronóstico talla su enorme valor. Con 38 años y las piernas como nuevas, Valverde es un caso único. Pura genética ciclista. Con 37, cuando se partió en dos la rodilla en Dusseldorf, Valverde fue más: fue un milagro.

Era el 1 de julio de 2017. Etapa prólogo por el centro de Dusseldorf. Verano plomizo en Alemania. Lloviznaba sobre el Tour. Al palpar el recorrido, Valverde lo sintió a su medida. Se notaba bien. Fresco. El Movistar contaba con él como recambio por si Nairo Quintana pagaba los esfuerzos del Giro. El murciano salió a ganar la etapa. Duró siete kilómetros. Hasta esa curva. No hacía falta frenar. Bastaba con dejar de pedalear e inclinarse. Pero la carretera estaba sucia. Patinó y se incrustó contra una valla. El hierro le reventó la rodilla y le partió un pie. Y más: mientras resbalaba impulsado por la inercia, el manillar le rajó el ano. Escalofriante tajo. Aturdido, el corredor del Movistar vio la herida abierta en la tibia. «Pensé que mi carrera deportiva se había acabado», confesó.

Ambiente de luto. El final. Con 37 años y la carrocería tan abollada era impensable su retorno. Esa noche pasó por el quirófano en un hospital alemán. Valverde entró en la sala rezando para salvar la pierna, para no cojear el resto de sus días. Una semana después, ya en Murcia, se propuso volver a ser ciclista. Es su vida. Inició de inmediato la rehabilitación. Acupuntura, ondas, masajes, ciclismo acuático… Y dieta. Apenas comía para no engordar. Mes y medio después del accidente llamó a Eusebio Unzúe, mánager del Movistar, para que le hiciera un hueco en una carrera de octubre en China. Quería terminar el año en bicicleta. Le convencieron para que retrasara el retorno hasta enero de este año. Las heridas estaban demasiado blandas. Siete meses después de Dusseldorf, Valverde volvió a ponerse un dorsal. Y en su primer mes de competición logró cinco victorias. Como un milagro. Intacto. De estreno. «La verdad es que estoy mejor con 38 años que con 31», repite como asombrándose de sí mismo.

«El año va estupendamente. Y mi intención es llegar hasta los Juegos de Tokio (2020)». Tendrá 40 años. Nadie a su edad ha mantenido ese nivel, capaz aún de pelear por las grandes clásicas, de ganar cuatro vueltas pequeñas esta temporada y de ser una estrella de la Grande Boucle. «He llegado fresco a este Tour porque la segunda parte de la temporada la tengo cargada con la Vuelta a España y el Mundial», avisa. Infatigable. Antes del Tour estuvo sube y baja por Sierra Nevada, machacándose para escalar puertos como los de los Alpes, de «cuarenta minutos de esfuerzo». Así se prepara, con el cosquilleo de un debutante. Ese es su motor. Mira el Tour como lo miraba con 11 años aquella tarde en Val Louron. Y algo más: corre sin presión. Su palmarés es centenario, repleto de triunfos. «Salgo a las carreras a disfrutar. A este Tour he venido para ayudar a Quintana y Landa, y si soy yo el que tiene que afrontar la responsabilidad del equipo, lo haré». Vale para todo desde su debut profesional en 2003.

Valverde conoció el Tour en 2005. Y se llevó la etapa de Courchevel. «Recuerdo cómo se iban quedando Basso, Ullrich y Vinokourov. Aguanté con Armstrong, Mancebo y Rasmussen. Confíaba en mi velocidad. Armstrong me arrancó a 500 metros del final, cerrado contra la valla, pero le remonté». Bajo la pancarta de Courchevel extendió los brazos para abarcar la inmensidad de su victoria. El ciclismo le miró como mira a un futuro campeón del Tour. Pero no. En 2008 firmó otra etapa, en Plumelec. Y la tercera llegó en Peyregoudes en 2012, tras las suspensión por dopaje. Ahí demostró que sabe resucitar. Mil vidas. La cúspide de su relación con el Tour es más reciente, de 2015, cuando en Alpe d’Huez confirmó la tercera plaza final, un lugar en el podio. «Lloré en la meta. Fue como una liberación». Desde entonces, acercándose a los 40 años, pedalea sin cadenas. Feliz. Hace un año temió quedarse cojo; ahora se ve listo para todo. Joven.

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