Mariano de Cavia: periodista y nada más que periodista


En torno a 1900 se concentró en Madrid el mayor número de periódicos de su historia. Era la época de la bohemia, con los cafés y salones repletos de jóvenes plumillas con ganas de asaltar el mundo de las letras. Y el asalto comenzaba en las redacciones de los diarios. De esa época quedan las crónicas de firmas como Alejandro Sawa o Joaquín Dicenta. Respondían todos al tópico del bohemio maldito, siempre pobre, pero sobrado de talento, como los definió «El Gráfico», que viste «con desaliño, se acuesta con el alba y se levanta cuando el sol se encuentra en su cenit». Ninguno como Mariano de Cavia.

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La muerte de Cavia, en 1930 – ABC

A diferencia de sus colegas, que veían el periodismo como un atajo para sus ambiciones literarias, Cavia vivió por y para los diarios. Tras abandonar los estudios de Derecho, se estrenó en algunas cabeceras de su Zaragoza natal, pero pronto se marchó a Madrid. En la capital escribió para los diarios con más difusión: «El Liberal», «El Imparcial» y «El Sol». No tardó en «plumearles a peseta por palabra», como escribió Luis Ruiz Contreras, y convertirse en el periodista mejor pagado de su época. Cavia hizo vida de bohemio. Se instaló en un hotel, le puso un piso a su biblioteca y pasaba los días entre los salones del Ateneo, las tertulias y las tabernas, donde cumplía con el recado de escribir. Valle-Inclán rubricó su afición al alcohol en «Luces de bohemia»: «¡Ni que se llamase ese curda don Mariano de Cavia! ¡Ese sí que es cabeza! ¡Y cuanto más curda, mejor la saca!». Solterón contumaz, se hizo acompañar de un criado.

La crítica taurina, las cuestiones del lenguaje, la política y la reforma de las costumbres eran los temas que más le preocupaban. Pero ningún artículo tuvo tanta relevancia como el que publicó en 1891 informando de un supuesto incendio del Museo del Prado con el objetivo de denunciar las deficientes condiciones de seguridad. El ministro de turno solo tardó unos días en ordenar nuevos protocolos.

En 1903, Torcuato Luca de Tena contó con él para el primer número de ABC. Pese a que no volvió a escribir en esta cabecera, tras su muerte, en 1920, el fundador de ABC creó el Premio Mariano de Cavia como «homenaje al inolvidable maestro, que no fue ni quiso ser más que periodista». En 1916 la Real Academia Española lo eligió para ocupar el sillón A, aunque nunca llegó a ingresar en la institución por sus problemas de salud. Escribió casi hasta el final de sus días, ya fuera con su firma o con sus numerosos seudónimos. La noche de su muerte la pasó con su sirviente: «Estoy muy mal, Manso». Luego estrechó su mano y cayó rendido. Murió con 26.000 pesetas en su cuenta corriente y una preciada biblioteca en su domicilio.

Hijo del notario Francisco Cavia y María Anselma Lac, nació en Zaragoza el 25 de septiembre de 1855. Fue un parto difícil, pero tras un rato sin respirar, lloró ocho minutos seguidos: «No sabía lo que me hacía. Si lo sé, me callo… ¡y a otro mundo!». Abandonó los estudios de Derecho para dedicarse al periodismo al morir su padre, y en 1881 se marchó a Madrid. El habla aragonesa era el tema sobre el que tenía pensado escribir para su frustrado ingreso en la Real Academia Española.

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