Así fue mi Camino


Me supone un gran quebradero de cabeza contestar a la pregunta de cuál es mi lugar favorito en España. La diversidad que estos 500.000 kilómetros cuadrados ofrecen es, sencillamente, impresionante. Diría que es casi desconcertante la abundancia desde los tesoros naturales hasta los vestigios construidos. Hay nada menos que 46 lugares que son Patrimonio de la Humanidad, visitarlos a todos ya por sí es un desafío.

Sin embargo, de todo ello, lo que más me fascinó o, mejor dicho, me cautivó y hasta diría que me absorbió, es el Camino. El Camino de Santiago que conduce a través de cuatro comunidades, desde San Jean au Pied de Port, del otro lado de los Pirineos, hasta Santiago de Compostela, la tumba del apóstol. Mi esposo y yo optamos por recorrer – a pie y con mochila – el Camino francés, la más tradicional entre todas las versiones. Conscientes de que nunca tendríamos un mes largo para hacer la ruta entera de una sola vez, peregrinamos por etapas, durante los fines de semana de verano, repartidos a lo largo de tres años.

Los cerca de 800 kilómetros te ofrecen un perfil impactante de España, del paisaje, de su gente, e incluso de ti mismo. No importa si
andas solo o en grupo
, estás mucho más atrapado entre tus pensamientos que durante la vida cotidiana. Y cargas una mochila en el sentido metafórico también. Estás acompañado por desconocidos, que siguen el mismo rumbo, pero nunca se sabe qué es lo que les impulsa a ellos. Sin embargo, pertenecen al mismo equipo y se convierten en tus cómplices. Al mismo tiempo, por supuesto, están contigo también los personajes de tu vida, incluso algunos que quizás ya no estén entre los vivos, pero en esa andadura te acompañan más que nunca. Ni un segundo te sientes solo, aunque no veas a nadie en el horizonte.

El caminante comienza con la cultura vasca, avanzando por la cuna del idioma español, las escenas más importantes de la historia de Castilla para, finalmente, acabar en la preciosa Galicia de raíces celtas. Cambia el paisaje, el lenguaje, al igual que la forma de las iglesias, y no solo porque provienen de otra época. El azul del cielo obtiene un tono diferente, el sol abrasa de otra manera, ni las vacas son iguales al lado de la carretera. El primer día es el más duro de todos, porque tienes que superar una diferencia de nivel de 1.600 metros durante 27 km. El día anterior 32 grados al otro lado de la frontera de Francia, y por la mañana, ya de marcha, niebla y llovizna. Tanto, que crucé los Pirineos sin poder contemplarlos. Nos costó media hora encontrar una cruz, aún estando a diez pasos de distancia. Oía las ovejas, pero solo las vi cuando estaban a punto de arrojarme. En la misa de Roncesvalles das las gracias por haberlo superado y ya te sientes un poco aliviado del dolor de tus ampollas. Te llena el sentimiento de haber merecido la cena y te planteas la posibilidad de tirar tus malditas botas a la basura.

El Camino hace efecto sobre todos tus sentidos; imágenes, aromas, sonidos y sabores dan vueltas en tu interior. Aunque quizás no sean los edificios o las maravillas de la naturaleza, sino lo que en un momento dado te causó a ti la mayor impresión. Así se convirtió en mi favorito la Catedral de Santo Domingo de la Calzada, porque allí, en ese momento, mi hijo también estuvo con nosotros y nos reímos juntos al conocer la leyenda del gallo asado que volvió a la vida, o Frómista, donde no tenía fuerzas ni para caminar, pero no pude evitar contemplar cada uno de sus capiteles.

O Cebreiro es el misterio, Santiago es la majestuosidad y la llegada, pero al conseguir la Compostela mi corazón se encogió. Era hora de decir adiós a los mojones y de aceptar que nadie más me volverá a saludar con un «¡Buen camino!». ¡Camino, ya te añoro!

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